negros ojos de muerte,
y muerte de extrema lejanía.
Esta bóveda de pájaros celestes,
mare nostrum,
surca los mares de la ardiente vela de Roma.
"¿Por qué corre un corredor?"
¡Esta noche libro!
¿Alguien se anima a salir?
Tocayo, Alzala, Ricardo, Álvaro, ¡nos vemos donde siempre!
La parroquia de mi bar
me pide que te llame,
que me entregue a ti, que te lo dé todo.
Yo les digo que, por norma,
he de estar 4 cuatro días sin llamarte,
que si no lo hago,
haré todo lo que tú me pidas.
Trabajar es lo que tiene: te da de comer. Por suerte, me gusta mi trabajo; me permite conocer gente, observarla y conocer un poco más a ese pedazo de humanidad que por cercanía me corresponde. El “pero” no son los días de trabajar a pierna partida. El “pero” es no poder ver como quisiera a mis amigos.
Con mucha gratitud, me encuentro con este antipoema y su continuación en historia-comentario. El antipoeta, R. Alzala; el historiador-comentarista, mi tocayo Javier HF. Hermanos del Lobo los dos.
La foto (de Javier HF):


El antipoema, de R. Alzala:
Empapa mi cuerpo en el alcohol
de tus labios,
no olvides pasar dos veces
por la herida…
cicatriz para días venideros.
La historia-comentario, de Javier HF:
Dicho esto, apuró el último trago de absenta, se despidió de la camarera y encaró un camino de vuelta de no recordaría a la mañana siguiente.
Al despertar, no halló resaca alguna. Estaba desnudo, bajo una de las tantas barcas que coloreaban aquel lado de la playa, protegida su desnudez de miradas falsa e hipócritas. A su lado, tapada con su vestido de gasa transparente verde, ella, su hada nocturna particular, había decidido mostrarse al mundo de la luz y las prisas del día.
A veces, sin plan previo, se ve uno ardiendo entre unos labios cotidianos, besos que serán de sólo una noche…y la gente luego te mira mal.
Los aviones no cesan de atravesar mi cabeza.
Una jauría de pájaros hambrientos picotea
mis sesos desnudos y, mientras la locura
del mundo pasea su ruidoso vacío por la calle,
se pierden mis pupilas en una baraja
que grita, grita, y grita entra las grietas
de mis manos y mis dedos.
“Te devoran los pájaros”, susurras.
Pero yo me concentro en mis cartas
y me desvisto ebrio, algo confuso y arrogante…
Te deseo -ya te lo he dicho-
como mesa, como silla, como mapa celeste
y maravilla nueva por descubrir.
Te deseo inquieta, sorprendida; nueva y vuelta a desnudar…
Te bebo ansioso entre tus ojos, toda tú, toda tú…
Y, sin embargo, limpio mis versos cada noche,
duermo sueños de otros tiempos,
entre los barrancos de la Luna;ahí, donde espero,
donde aguardo tranquilo sus días y sus noches, sus sueños
y sus insueños cotidianos; donde contemplo ese grito,
ese silencio, que parece despertar en cada poro
de mi cuerpo.
¡Ya paso el aullido!.
¡Ya la luna late silenciosa, inmensa,
sobre la noche eterna!
Y se abrió el alma temerosa.
Y el cuerpo del lobo se hincho de aire
y gritó sonriente su verdad:
¡De ti lo quiero todo;
el verso, el sexo, el beso,
la vida y el alma entera,
la paternidad de la vida sublimada!
Ya pasó el aullido…
Ya las ramas vuelven quietas a su sueño;
los cachorros gimen entre sus patitas
y algún insecto rememora ínfimo el momento:
de ti lo quiere todo…no las noches por cansancio;
no la cercanía por comodidad; de ti, Roma, este lobo
lo quiere todo.
Hanako, una joven bella, aunque atolondrada, tenía un amante escrupuloso y pulcro que gustaba de hacer el amor con guantes. Antes de tocarla, el hombre vigilaba personalmente su baño y exigía que ella se fregara con piedra pómez de pies a cabeza, se depilara hasta el último vello y enjabonara cuanto pliegue y orificio había en su esbelto cuerpo, todo esto sin una palabra de afecto o de aprecio por sus encantos. Ahora bien, en el jardín de Hanako había un estanque donde todavía nadaba una carpa enorme y venerable. A pesar de sus cuarenta años de existencia, el viejo pez no tenia ninguna de las mañas del meticuloso enamorado de Hanako, por el contrario, era fuerte como un atleta y lleno de consideración, como deben ser los buenos amantes. No es raro, por lo mismo, que ella lo prefiriera como compañero.
La joven solía sentarse a la orilla del agua y al llamarlo por su nombre él subía a la superficie a jugar con ella. Una noche, después de recibir las higiénicas caricias del hombre con guantes, salió al jardín y se echó a la orilla del estanque a llorar. Atraído por los sollozos, el gigante subió del fondo y acercándose a la mano lánguida que tocaba apenas el agua, le chupó uno a uno los dedos con sus fuertes labios. Hanako sintió que su piel se erizaba y una sensualidad desconocida la recorría entera, sacudiéndola hasta la esencia misma de su ser. Dejó caer un pie al agua y el pez besó también cada dedo con la misma dedicación, y luego la otra mano y el otro pie, y enseguida ella puso las piernas en el estanque y la carpa frotó las escamas de plata de su vientre contra la piel de la muchacha. Hanako comprendió la invitación y se dejó caer en el barro del estanque, abierta y blanca como una flor de loto, mientras el atrevido pez rondaba en torno a ella acariciándola y besándola y obligándola a abrir las piernas y entregarse a sus caricias. El pez le soplaba chorros de agua por las partes más sensibles y así, poco a poco, fue ganando terreno y conduciéndola por las rutas del placer más sublime, un placer que Hanako no había tenido jamás en brazos de hombre alguno y menos, por supuesto, del amante enguantado.
Más tarde ambos reposaron flotando contentos en el barro del estanque bajo el escrutinio de las estrellas.
Contexto original: el pez frío
Noche.
Un deseo:
Sería perfecta.
Un encuentro.
Una mirada furtiva.
La magua contenida.
Noche.
Un deseo:
una sonrisa
una caricia.
Eterno el sueño.
Y, luego,
-si sobrevive el cuerpo-
El Beso.
Cada viernes por la noche hacía lo mismo, le costaba un par de horas engalanarse. Primero un baño de espuma que liberara su cuerpo del cilicio laboral, para luego untarlo, en inacabable letanía, de lociones y tónicos con promesas redentoras. Un rato más frente al espejo del ropero, eligiendo con cuidado vestidura que cubriera con pretensión su cuerpo resucitado. Acabado el ritual salía.
Los escasos metros que separan su casa de la sala de fiestas, los andaba cada fin de semana con el mismo propósito, encontrar un alma bondadosa que concediera indulgencia plenaria a su soledad.
Se acomodaba siempre en el mismo rincón de la barra, y miraba a los parroquianos en busca de novedades, mientras el barman, con la habilidad de un campanero, le preparaba el san francisco que alegraba su espíritu como agua bendita.
Cruzaba miradas y sonrisas con los mismos feligreses de cada sesión, incluso bajaba a la pista y abandonaba su mente en comunión con la música. Pero una vez más, terminaba consumiendo la noche, la confesión de algún arrepentido, que buscaba como ella, cumplir su penitencia con menos sacrificio.
Y volvía de nuevo a la soledad de su casa reflexionando, como peregrino que pierde la fe, si era el culto adecuado o había de plantearse finalmente la apostasía.
Contexto original: http://calvario.wordpress.com/
Este cielo es un océano de basalto,
negros ojos de muerte,
y muerte de extrema lejanía.
Esta bóveda de pájaros celestes,
mare nostrum,
surca los mares de la ardiente vela de Roma.