Tangos, princesas y aullidos sin herida


A tomar unas copas…o varias…
abril 26, 2008, 9:58 pm
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"¿Por qué corre un corredor?"

¡Esta noche libro!

¿Alguien se anima a salir?

Tocayo, Alzala, Ricardo, Álvaro, ¡nos vemos donde siempre!



“17/04/08”
abril 18, 2008, 2:08 am
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La parroquia de mi bar

me pide que te llame,

que me entregue a ti, que te lo dé todo.

Yo les digo que, por norma,

he de estar 4 cuatro días sin llamarte,

que si no lo hago,

haré todo lo que tú me pidas.

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Extraño a mi gente
abril 16, 2008, 8:21 pm
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Trabajar es lo que tiene: te da de comer. Por suerte, me gusta mi trabajo; me permite conocer gente, observarla y conocer un poco más a ese pedazo de humanidad que por cercanía me corresponde. El “pero” no son los días de trabajar a pierna partida. El “pero” es no poder ver como quisiera a mis amigos.

Con mucha gratitud, me encuentro con este antipoema y su continuación en historia-comentario. El antipoeta, R. Alzala; el historiador-comentarista, mi tocayo Javier HF. Hermanos del Lobo los dos.

La foto (de Javier HF):

El antipoema, de R. Alzala:

Empapa mi cuerpo en el alcohol
de tus labios,
no olvides pasar dos veces
por la herida…
cicatriz para días venideros.

La historia-comentario, de Javier HF:

Dicho esto, apuró el último trago de absenta, se despidió de la camarera y encaró un camino de vuelta de no recordaría a la mañana siguiente.

Al despertar, no halló resaca alguna. Estaba desnudo, bajo una de las tantas barcas que coloreaban aquel lado de la playa, protegida su desnudez de miradas falsa e hipócritas. A su lado, tapada con su vestido de gasa transparente verde, ella, su hada nocturna particular, había decidido mostrarse al mundo de la luz y las prisas del día.



“La mala reputación”, de George Brassens
abril 13, 2008, 1:12 am
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A veces, sin plan previo, se ve uno ardiendo entre unos labios cotidianos, besos que serán de sólo una noche…y la gente luego te mira mal.

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“Barbero A. y el Indio”
abril 11, 2008, 4:07 am
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Los aviones no cesan de atravesar mi cabeza.

Una jauría de pájaros hambrientos picotea

mis sesos desnudos y, mientras la locura

del mundo pasea su ruidoso vacío por la calle,

se pierden mis pupilas en una baraja

que grita, grita, y grita entra las grietas

de mis manos y mis dedos.

“Te devoran los pájaros”, susurras.

Pero yo me concentro en mis cartas

y me desvisto ebrio, algo confuso y arrogante…

Te deseo -ya te lo he dicho-

como mesa, como silla, como mapa celeste

y maravilla nueva por descubrir.

Te deseo inquieta, sorprendida; nueva y vuelta a desnudar…

Te bebo ansioso entre tus ojos, toda tú, toda tú…

Y, sin embargo, limpio mis versos cada noche,

duermo sueños de otros tiempos,

entre los barrancos de la Luna;ahí, donde espero,

donde aguardo tranquilo sus días y sus noches, sus sueños

y sus insueños cotidianos; donde contemplo ese grito,

ese silencio, que parece despertar en cada poro

de mi cuerpo.



“Ardiente en el interior del bosque”
abril 10, 2008, 3:03 am
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¡Ya paso el aullido!.

¡Ya la luna late silenciosa, inmensa,

sobre la noche eterna!

Y se abrió el alma temerosa.

Y el cuerpo del lobo se hincho de aire

y gritó sonriente su verdad:

¡De ti lo quiero todo;

el verso, el sexo, el beso,

la vida y el alma entera,

la paternidad de la vida sublimada!

Ya pasó el aullido…

Ya las ramas vuelven quietas a su sueño;

los cachorros gimen entre sus patitas

y algún insecto rememora ínfimo el momento:

de ti lo quiere todo…no las noches por cansancio;

no la cercanía por comodidad; de ti, Roma, este lobo

lo quiere todo.



“El pez frío”, cuento erótico japonés (s.xi)
abril 7, 2008, 3:02 am
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Hanako, una joven bella, aunque atolondrada, tenía un amante escrupuloso y pulcro que gustaba de hacer el amor con guantes. Antes de tocarla, el hombre vigilaba personalmente su baño y exigía que ella se fregara con piedra pómez de pies a cabeza, se depilara hasta el último vello y enjabonara cuanto pliegue y orificio había en su esbelto cuerpo, todo esto sin una palabra de afecto o de aprecio por sus encantos. Ahora bien, en el jardín de Hanako había un estanque donde todavía nadaba una carpa enorme y venerable. A pesar de sus cuarenta años de existencia, el viejo pez no tenia ninguna de las mañas del meticuloso enamorado de Hanako, por el contrario, era fuerte como un atleta y lleno de consideración, como deben ser los buenos amantes. No es raro, por lo mismo, que ella lo prefiriera como compañero.
La joven solía sentarse a la orilla del agua y al llamarlo por su nombre él subía a la superficie a jugar con ella. Una noche, después de recibir las higiénicas caricias del hombre con guantes, salió al jardín y se echó a la orilla del estanque a llorar. Atraído por los sollozos, el gigante subió del fondo y acercándose a la mano lánguida que tocaba apenas el agua, le chupó uno a uno los dedos con sus fuertes labios. Hanako sintió que su piel se erizaba y una sensualidad desconocida la recorría entera, sacudiéndola hasta la esencia misma de su ser. Dejó caer un pie al agua y el pez besó también cada dedo con la misma dedicación, y luego la otra mano y el otro pie, y enseguida ella puso las piernas en el estanque y la carpa frotó las escamas de plata de su vientre contra la piel de la muchacha. Hanako comprendió la invitación y se dejó caer en el barro del estanque, abierta y blanca como una flor de loto, mientras el atrevido pez rondaba en torno a ella acariciándola y besándola y obligándola a abrir las piernas y entregarse a sus caricias. El pez le soplaba chorros de agua por las partes más sensibles y así, poco a poco, fue ganando terreno y conduciéndola por las rutas del placer más sublime, un placer que Hanako no había tenido jamás en brazos de hombre alguno y menos, por supuesto, del amante enguantado.

Más tarde ambos reposaron flotando contentos en el barro del estanque bajo el escrutinio de las estrellas.

Contexto original: el pez frío