Tangos, princesas y aullidos sin herida


¿Quién soy?

Hijo de José Lobo Reis y de Susana M. Montenegro Álvarez, duermo casi siempre de día. Así pues, mi historia se escribe de noche, entre cafés fuera de hora, mucha cerveza y alcohol para otros, y un sin fin de piezas de vajilla barata en la que puede que tú, lector y navegante, hayas comido o tomado algo alguna vez. Lee si te apetece lo que escribo, déjame notas en las servilletas y, si te aún apetece más, tómate algo conmigo o, simplemente, déjame algo de propina.

Mi padre solía decir que siempre hay tiempo para presentaciones. Sea este el caso: por mi propia historia soy poeta a destiempo y sin ropa de versos. Trabajo de noche para engañar al insomnio que me suele acompañar casi todas las semanas. Este gusto forzado por la noche es ya algo tan familiar para mi que, si no respirara mis días en esas horas, no sería yo, Javier Lobo. No sería yo porque no me crié con mucha luz, siempre entre los brazos de mi madre, a altas horas de la noche, mientras esperábamos los dos a mi padre.

Mi madre no tenía más trabajo que devorar libros y leérmelos en voz alta, haciéndome disfrutar, sin que yo tuviera conciencia alguna, del placer carnal que saboreaba con cada verso y cada párrafo que ella leía. No tuvo más trabajo que mi padre, su casa y yo., y mi casa siempre estuvo en orden, siempre luminosa cuando yo dormía. Además, un orden alejado de obligaciones machistas. Mi madre dijo “Cuidaré de ti. Me ocuparé de amarte, cultivarme, y acoger en mi cuerpo tu carne y tu alma cada día”, y mi padre contestó: “Trabajaré por encima de las horas, sólo para que no te falte de nada, y completarnos en cuerpo y alma”.

Camarero de primera vocación, mi padre trabajaba día y noche en una cafetería del barrio portuario de Las Palmas de Gran Canaria, a medio camino entre la playa y las calles de mujeres ligueras y karaokes coreanos. Entre café y café, por el día, y entre copas, por la noche, escribía décimas, sonetos y otros poemas )alguna vez habré de buscar y copiar algunos aquí). Dejó de ser poeta cuando yo casi había cumplido los 19. Ese día, se levantó a la misma hora de siempre y se pasó toda la mañana y toda la tarde buscando las libretas donde escribía su poemas. Supongo que no las encontró, porque desde ese entonces, nunca pudo dormir por la noche y, al cabo de casi 12 meses, cayó en una fuerte depresión. No pasó mucho tiempo antes de que ñp echaran del trabajo y, luego, siempre parecía no encontrar otro… o eso decía él. Y un buen día nos dejó. O, se marchó; y cada dos meses durante varios años recibimos una carta, breve e intensa, de él en la nos contaba dónde estaba, qué hacía y poco más… a veces en un lenguaje algo descolocado.

A pesar de todo, mi madre nunca perdió el gusto por la lectura y, aún recién cumplidos mis 19 años, aprovechaba cualquier ocasión para recitarme un poema de memoria, o leerme algún párrafo del último libro que se había leído. A pesar de todo, mi madre nunca dejó de amar a mi padre; nunca la vi llorar, siempre con su suéter de angora recorriendo la casa con elegancia y soñando despierta entre el primer y el último cigarrillo que se fumaba mientras esperaba a mi padre. Siempre decía que ella y mi padre estaban hechos el uno para el otro, que eran dos medias naranjas, dos medias pastillas que habían de disolverse juntas en el agua, en el tiempo. Sus vicios -añadía- se complementaban: mi padre escribía a todas horas -excepto cuando hacía el amor con mi madre-; mi madre, fumaba dos cigarrillos sola, uno a media mañana y otro a media noche, apoyada en el balcón de casa, recibiendo la siempre eterna brisa esquinera de nuestra calle; se ponía su albornoz de seda china si era media mañana, y su suéter de angora a media noche.


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[…] distintas…¿A qué viene todo esto?…Recordando mi pasado, aparecieron fulminantes aquellas frases con las que se prometieron mi […]

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